Mostrando entradas con la etiqueta EROS. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta EROS. Mostrar todas las entradas

martes, 20 de diciembre de 2011

Trópico de Cáncer y Henry Miller: ¿libelo, calumnia, difamación, canción o escupitajo?

(Henry Miller: "creía que era un artista. Ya no lo creo, lo soy)

¿Habrá alguna razón para leer?, ¿hay libros que cambien la vida? Seria difícil contestar estas preguntas. El ser humano no tiene moldes y la lectura es un ejercicio privilegiado de la libertad. Uno lee por el gusto mismo de leer, no por encontrar remansos o escapes, ¡nada!, se lee porque sería peor no leer, porque leyendo nos autoafirmamos. Así que dudo que haya libros que cambien la vida, cuando más la definen mejor.

Así pienso de Trópico de Cáncer, novela de Henry Miller de 1934. La historia detrás de la novela es conocida; nadie quería publicarla porque estaba “plagada de indecencias y obscenidades” hasta que Obelisk Press la editó en Paris. Inmediatamente sobrevino la catarata de reacciones, demandas, prohibiciones y censuras hasta convertirse en un clásico de la literatura contemporánea, inspiradora de una generación completa, la Beat. Pero fuera de esa historia qué. Trópico de Cáncer en realidad no es una sola idea en tanto no es solo una novela. Inclasificable como su temática es a un tiempo narración, autobiografía, ensueño, ensayo y denuncia; además tiene un espíritu vitalista que abarca y cierra como tenazas a la condición humana, desde el sexo hasta la autorreflexión.

Si existe un solo hilo narrativo en Trópico de Cáncer ese es el Fluir. “El héroe no es el Tiempo, sino la Intemporalidad… el tiempo no va a cambiar” dice al inicio. Todas las memorias del protagonista (Miller mismo), todo lo explícito que pueda ser al recrear al sexo es nada porque queda demostrado que lo único contingente es el hombre. Por eso su actitud para con los demás es absolutamente real y demoledora. Es nihilista y vitalista, es un sensualista que exprime la última gota de la vida, pero no es un egoísta como pudiera parecer en primera instancia porque lo que hace es autoafirmarse. No en balde cita y declara su empatía hacia Whitman, “el Hombre”: se canta a sí mismo, desprecia al Otro porque la autoafirmación frente y por los semejantes nos reduciría a lo patético y en el peor de los casos a la Nada: el amante que vive por y para la pasión pero descubre al consumirla que se consume a si mismo, que no hay sino vacíos en el núcleo del placer y anticipos de la muerte en cada orgasmo. Por eso el protagonista se afirma, cueste lo que cueste.

Esa forma de vivir no es fácil como pareciera. La autoafirmación es a costa de todo el esquema de valores; es sacudirse, volver a empezar de nuevo desde cero si en verdad aspira a entender el Fluir y luego, dejar que el Tiempo haga lo suyo. Trópico de Cáncer es una obra maestra sobre cómo entender al Tiempo, pero sin marrullerías ni caminos fáciles, sin concesiones ni eufemismos pues no se trata de cruzar los brazos simplemente y ser indiferente o llenar frasecitas bellas sin sentido, sino de entender todo lo que significa el Tiempo y estar dispuesto a Serlo antes que vivirlo.

Miller como Heráclito no concibe que el Ser sea en sí mismo. El Ser no es estático, está en la eterna contradicción de ser y no ser al mismo tiempo, en el devenir perfecto de un fluir incesante. Fluye entonces aquel Miller que escribe sobre Miller, aunque a veces lo llame Joe. No hay nomenclaturas, no valen los pronombres. Una simple mención basta para captar a ese Ser errático que deambula por el Paris de los años 30 demostrando que la miseria y la gloria son dos caras de la misma moneda. Arremete contra todo, porque el Fluir no concibe naciones o identidades sino quizá una pertenencia a sí mismo. Miller destroza a las ciudades, reniega de ideales preconcebidos; Nueva York “te hace sentir insignificante”, Paris es un paraíso y una antesala del infierno, los alumnos de Dijón no son materia de transformación sino un hato de desgraciados alienados y subyugados para que no piensen; su tiempo social como conceptualiza Norbert Elias a las mediciones humanas, es un fiasco total y un absurdo, los tiempos modernos apestan; de cualquier modo “en el meridiano del tiempo no hay injusticia: sólo hay la poesía del movimiento que crea la ilusión de la verdad y el drama”.

Para entender al movimiento del Ser hay que entender la inexorabilidad, desprenderse de todo, de la esperanza, los valores y los recuerdos más lejanos. El nihilismo que se asoma se matiza porque se requiere un grado extremo de complacencia y de conocimiento para simplemente Ser. ¿Qué importa la pobreza?, ¿de qué sirven las vejaciones, el vivir por vivir, el estar hambriento el desahogo en el sexo?, a final de cuentas el protagonista es y punto. Comprende que para ser no necesita que suceda nada, no tiene que esperar nada, no hay que recordar en absoluto. Con un vitalismo digno del mejor Thoreau, Miller dice: “tome la determinación de no aferrarme a nada, de no esperar nada, de vivir en adelante como un animal…”. Es esa decisión la que forma su ethos, el de ser consciente del Movimiento y por él de ser absoluto dueño de sí mismo, que es la forma más complicada de la libertad.

Todos estos puntos pueden ser interpretados de distintas maneras. Para los censores de Miller y los parisinos que aún vivían bajo la sombra de la belle époque, su narrativa es corrosiva y destructora, una absoluta perversión que no tiene empacho alguno en decir todo: “Cuando un hombre está ardiendo de pasión, quiere ver las cosas; quiere verlo todo, verlas orinar incluso. Y aunque es magnífico saber que una mujer tiene inteligencia… Germaine estaba en lo cierto: era ignorante y sensual, se entregaba al trabajo con todo su corazón y con toda su alma. Era una puta de los pies a la cabeza… ¡y esa era su virtud!”. Miller, entendámoslo, no reivindica nada. Sería muy tramposo hiperbolar su relato para decir que en el fondo muestra un amor fraterno por la humanidad o por la cultura. El protagonista, al captar su ethos decide que la mejor consigna es no desesperar (Il ne faut jamais désespérer); se aleja del mundo, porque aunque no tiene esperanza (y hay que recordad que a George Orwell le dijo que ir a la guerra de España era “el acto de un idiota”) tampoco hay nada que hacer ni por qué desesperarse. Miller demuestra la miseria humana en la miseria de la ciudad y así insistir que la contingencia humana y la inexorabilidad del tiempo hacen insignificante cualquier situación o estado. El mundo colapsaría y seguramente colapsará por un exceso de humanidad, por la idolatría a la razón y al mero sensualismo. El valor de Miller es el del artista, el que se percata de que en el esquema de valores tan rígido que impone la cultura no hay la más remota posibilidad de transformación.

Recuperar el valor de la vida en el arte es un cliché. Miller lo lleva a sus categorías más punzantes después de hacer uno de los más bellos elogios del arte en la literatura interpretando a Matisse. El Arte lo deja en “los límites auténticos del mundo”; todo se puede ir al infierno pero siempre habrá algo, alguien que rompa los límites e introduzca una nueva Cosa: un nuevo ver, un nuevo mañana, una nueva oportunidad. “Incluso cuando el mundo va camino de su destrucción, hay un hombre que permanece en el centro, que queda fijo y anclado más sólidamente, más centrífugo, a medida que se acelera el proceso de disolución”. Esas son las barreras contra el nihilismo corrosivo y brutal que vieron externa y únicamente sus censores. No da su brazo a torcer contra el repudio al mundo pero tampoco le da la espalda. Nadie diga que sin arte nos moriríamos de tanta verdad sin repasar la cita de Miller: “porque en este mundo, como en cualquier otro, la mayor parte de lo que ocurre es porquería e inmundicia, sórdido como un cubo de basura”. El Arte también forma parte del Fluir en tanto creación humana y por tanto es contradictorio, contingente y errático, es decir, el Arte no logra borrar la fealdad.

("El mundo de Matisse es todavía bello al modo de un dormitorio anticuado")

Tras este proceso de negación y desprendimiento, Miller arma su “profesión de fe”, una extensa declaración inclasificable que va del antiamericanismo, la denuncia del decadentismo, renegar de las ideas para entrar pleno a la actividad, su empatía total con Walt Whitman (y su repudio a Goethe) hasta su concepto de artista, un fragmento que por sí mismo valdría una interpretación a fondo.

El artista es un forjador de la Palabra que consigue que las palabras exploten, desgarren y demuestren una realidad, subyacente o evidente, para mostrarla, gritarla y ponerla de narices frente a lo que el mundo le ha asignado. Para el Miller protagonista, el hombre está acorralado frente al mundo y será estrangulado a menos de que haga buen uso de las palabras: “las únicas defensas que le quedan son sus palabras y sus palabras son siempre más resistentes que el peso yacente y aplastante del mundo”. Las palabras detienen el devenir, alteran la lógica de lo inexorable, dar con el punto exacto de sus significados es el objetivo, no el ideal, porque las palabras tienen que destruir las ideas, penetrar en lo profundo del mundo y arrojarlo con toda violencia. Las palabras permiten la rebeldía, están por encima de “gobiernos, leyes, códigos, principios, ideales, tótems y tabúes existentes”. Las palabras sondean los misterios que la cultura ha soslayado a la prohibición por su incapacidad de explicarlos, y ¿qué mejor misterio que todo lo que envuelve a la obscenidad? Partes del cuerpo, actos naturales, genitales, perversiones, deseos, el cuerpo como objeto, el cuerpo como cosa, son imposibles de negar, atemporales, son parte de los misterios que la Palabra debe de mostrar. Miller lo ha intentado hasta el hastío, hasta demostrar que como todo misterio su ambivalencia es peligrosa y confunde, la satisfacción también ahoga. El artista entonces debe romper lo establecido, “derrocar los valores existentes, convertir el caos que lo rodea en un orden propio”, un orden que lo lleva hasta el extremo de sí mismo y de todos, porque el Artista es un inhumano, está fuera de los límites de la humanidad; ser humano le parece “algo pobre, lastimoso, miserable, limitado por los sentidos, restringido por receptores morales y códigos, definidos por trivialidades e ismos”.

El verdadero artista ha escalado una vía parecida a la de los místicos porque está lleno de negaciones en busca de una necesidad superior, “el monstruo que les roe las entrañas” los obliga a ir más allá; “impulsos desconocidos… convierten es pasta húmeda en pan y el pan en vino y el vino en canción”, intentan asir a “un dios desconocido”. Los artistas han renegado de todo, buscan todo, si consiguen algo es por lo menos un último alarido, una necedad absoluta que ya no es simple rebeldía. Han intentado frenar el Fluir de las cosas, que está por encima de la humanidad y del vitalismo, que va hacia el cosmos y absorbe toda idea panteísta; el artista entra en un vertiginoso movimiento, porque a fin de cuentas ha entendido que él también está fluyendo y se siente parte de eso. El gran deseo de Miller protagonista es el del Miller escritor y el de los que aspiren a esa totalidad: “el de seguir fluyendo, unido al tiempo, el de fundir la gran imagen del más allá con el aquí y el ahora. Un deseo fatuo, suicida, estreñido por las palabras y paralizado por el pensamiento”. Escribir el misterio de hacer el amor y describir con lujo de detalles a los participantes y asistentes no es morboso ni obsceno, “más obscena que nada es la inercia”, y santos censores de Henry Miller, “mas blasfema que el juramento más horrible es la parálisis”.

¿Libros qué cambian la vida?, no a menos que seamos absolutamente influenciables, pero libros que intentan demostrar los misterios de la vida los hay pocos. Las ganas para leer a Miller son suyas amable lector.

martes, 20 de julio de 2010

La delgada línea entre pornografía y erotismo


Después del video, debo decir, "es la fascinación, no encuentro otro punto de partida". Es como lanzarse a un lago, encontrando cada ola alzando la cabeza para no ahogarse; pero también es la sensación de la noche, el único infinito certero que tenemos.
El cuerpo irrumpe. Es un periplo y un descubrimiento, como que el asceta y el ateo al final de su viaje espiritual regresan a su cuerpo, al puñado de carne que permite asir lo etéreo. El cuerpo es fascinante pero tiene una división que se debe tomar en cuenta: el masculino es funcional; el femenino es estético. Por eso el misterio del cuerpo femenino, fucionalidad y estética, anticipos y secretos.
Después de lo timorato, el cuerpo es cuerpo por sí mismo. Pasando por encima de los prejuicios el cuerpo es también material y vaso comunicante. Un movimiento de piernas puede decir más que una novela; un beso es más certero que la poesía. Un cuerpo expuesto dice más que una fotografía.
Aquí el dilema. ¿Dónde raya esa "exposición" con lo burdo? ¿Qué es bien a bien lo que separa el erotismo de la pornografía? Atenidos al título ambiguo de Jacques Magazine no lo sabríamos diferenciar. Entendiendo que es "soft porn" y que también se etiqueta como "adult´s magazine" todo puede ser.
Por eso, para alimentar esas dudas es que me detengo y los invito a detenerse en los avatares del arte fotográfico cuando usa a los cuerpos como objeto. Primero el video de arriba, una Lauren Young que derrocha todo menos espíritu deportivo, pero que al final de cuentas está muy fácil de entender. Si está leyendo esto y no sólo se quedó con el video, no negará que la fotografía, la dirección y la calidad de la modelo es una belleza que salva la mera vulgaridad y el machismo.
La segunda "propuesta" es la de la compañía japonesa Eizo para promocionar sus monitores medicos de rayos X. El cuerpo es fascinación, pero los nipones penetran ese misterio y nos muestran que a fin de cuentas, el cuerpo es una masa de carne y huesos. "Su cuerpo se yergue en una desnudez de carne infinitamente bella e infinitamente virgen. ¿Acaso hubieras sido capaz de imaginar esta escena tal y cómo está sucediendo ahora?", como dice Salvador Elizondo en Farabeuf. Todo puede suceder. Como la delgada línea que separa la pornografía de lo erótico, una delgada línea dice que algo es estético o francamente repugnante pero uno tiene la última palabra, gracias a Dios.





miércoles, 20 de enero de 2010

"Amada, tú eres mi parte de mundo"



Desde el viejo Platón nos quebramos la cabeza para hablar del amor. Sería más fácil c dormir con la persona amada y dejar que sea ese lenguaje común a los sueños y al futuro progresivo el que de una idea del amor. Pero somos tercos... Platón celebró el Banquete para decir que el amor es un deseo de inmortalidad, una persecución de la belleza, un demonio intermedio entre dioses y hombres.
No conformes, siglos después, un judío con aureola de santo, hijo de Zebedeo y Salomé, leyó filosofía griega y la mezcló con las enseñanzas de su maestro para decir sin embagues que Dios es amor; y comenzamos esa loca carrera por encuadrar al amor: que es un logos, que es una potencia, que amor es Ser, que amor es pasión, que pasión es creación... que amor es todo y no se puede explicar.
Y del amor se seguirá hablando infinitamente. Discursos fríos como el de Santo Tomás, para quien el amor es solo la otra cara del odio, ámbos, hijos del deseo; o razonamientos positivos y simplistas como el de Spinoza: "amar a alguien es simplemente estar alegre y darse cuenta que la alegría nos llega de ese alguien". Teorías confusas y estrictas como las de un José Ortega y Gasset que establece tres supuestos del enamoramiento: condición de percepción, condición de emoción y condición de constitución. Pacifismos universales como los de Erich Fromm: lo que sostiene a la vida es el amor a la vida. Realidades bajo la cara de filosofía: "en asuntos del corazón, la razón no vale": Pascal.
Seguiremos hablando de amor porque es el gran misterio de la vida, junto a la muerte, pero sobre todo, por encima de la muerte, porque desgarra lo inalterable y muestra pedacitos del paraíso. Seguiremos siendo teóricos desarmados cuando el amor se hace presente.
Cierro los libros, dejo que descansen los filósofos.
Cierro mis ojos y sé que amo, comparto que amo, grito que amo, cuando aparecen revelaciones profundas y delicadas como unas manos trenzadas, un momento de silencio o un abrazo desesperado frente a los portones. Se que existe el amor no por las teorías ni por los hechos, sino por el sentimiento que recorre todo el ser.
Y que me hace decirte, sí, decirte y solo para tí, los versos de Ibn Hazm de Córdoba:

Te amo con un amor inalterable
mientras tantos amores humanos no son más que espejismos.
Te consagro un amor puro y sin mácula:
en mis entrañas está visiblemente grabado y escrito tu cariño.
Si en mi espíritu hubiera otra cosa que tú,
la arrancaría y desgarraría con mis propias manos.
No quiero de ti otra cosa que amor;
fuera de él no te pido nada.
Si lo consigo, la Tierra entera y la Humanidad
serán para mí como motas de polvo, y los habitantes del país,
insectos.

miércoles, 16 de diciembre de 2009

¿Bailamos?

¿Bailamos? No es que sepa bailar, pero todo en este mundo es expresión. Hablan las bocas, hablan los dedos, platican los paisajes e incluso hay un punto donde los besos se convierten en frases contundentes: palabras con aromas. El cuerpo entonces, también habla, usa sus extensiones, dice, suplica, se convierte en poema y en prosa delicada que te envuelve.
No sé bailar. Pero este baile no es seguir los pasos, simplemente, dejarse llevar.


domingo, 29 de noviembre de 2009

Laura, "la joven en un verde laurel"



De Petrarca se dice que es el "primer hombre moderno", el gran forjador de la lírica e incluso que estaba literalmente loco (por lo menos con cierto grado de esquizofrenia y muy propenso a la melancolía); se dicen muchas cosas, lo que hoy quiero decir de él está enfocado a su Palabra, y por ella, a Laura.
Laura de Noves (1308- 1348) fue la gran musa de Petrarca, una mujer que pasó a ser arquetipo, personaje literario, lugar de comparaciones y a veces, lugar común no solo de las letras como del sentimiento. Era Laura una mujer blanca, gentil donna, para algunos algo respingada de nariz y para otros dueña de un carácter tan flemático que aún para el Renacimiento era una señal de mucha arrogancia; sonrisa de Mona Lisa, caracter a un tiempo rebelde y sumiso, miradas entornadas y formas explosivas. La vio Petrarca un viernes santo en Avignon... y comenzó su locura de palabras y sentimientos para toda la vida.
Palabra... Petrarca fue un Príncipe de las Palabras que como buen nominalista echó por la borda los universales y comenzó a recuperar el oculto sentido de las cosas desde su nombre. Al margen de Petrarca lírico, creador de sonetos, forjador de la crítica literaria e incluso del alpinismo, está ese Petrarca que desposita en el nombre una forma de entender al mundo, de colorear sus sentimientos e invocar pasiones desconocidas. Si Laura es la principal detonante, ¿qué hay con Laura? ¿cómo amar a Laura?
Imaginemos al babeante Petrarca asediar a Laura, escribirle sus canzonas, sumergirse en aguas medicinales cuando la ansiedad lo derrumbaba y no sé, hasta su casa en Fontaine de Vaucluse, donde seguramente surgió la idea de llenar a Laura viva de una orla y a su Laura muerta convertirla en una donna angelicata en la plenitud del Paraíso.
Comenzó por asociarle sus orígenes, el laurus, las coronas de triunfo, los símbolos de gloria, de Victoria; a jugar con todos los extremos del nombre: el árbol sagrado de la India, las hojas perennes, sus funciones medicinales, las maderas olorosas... y luego, ser consciente que el laurel no es sino la ninfa Dafne, que huyendo del acosador Apolo le pide a Peneo que la convierta en árbol: símbolo del amor imposible.
Laura de Noves, mejor conocida como Laura de Sade, fue la gran pasion del poeta. Un amor, una pasión, una epifanía, una búsqueda y un encuentro. Petrarca la hace diosa pagana y virgen cristiana, el objeto de sus más ardientes deseos y la mujer casta que sólo en la contemplación puede ser poseída. En sus recorridos por el campo pudo Petrarca visualizarla como su amante perfecta, y al regreso de sus bucólicos escapes, darse cuenta que la pobre Laura vivía junto a un De Sade, familia demente, de agresivos e impotentes hombres que parecían un cerco para la consumación plena... ¿plena? dice la leyenda que el amor de Petrarca fue platónico, basado en la pasión y refrenada por lo inalcanzable que se funde en la poesía. Dice otra, en una hermosa refutación, que en realidad, Petrarca accedía a casa de madonna Laura a través de un pasadizo secreto, cuando el viejo y brutal De Sade (antepasado del viejo Donatienne) dormía la mona.

Palabras y contradicciones. Justo así es Petrarca. Príncipe de la palabra y rey del oxímoron, pues su lírica contiene las contradicciones como una forma de reducir las pasiones en un texto escrito...y sólo en Laura podían caber todas las contradicciones y palabras de esos textos.
Laura-Laurel, la madonna vestida de verde es la única manera de entender el genio petrarquino, aún cuando éste se suele definir en el binomio pasión-inspiración. Sin Laura y la exquisita mistificación de su nombre, sin Laura y su condición de mujer ajena y propia, sin Laura y su "cabello de oro reluciente" quizá Petrarca hubiera sido simplemente un poeta toscano celebrando el aire de los Alpes, las dulces aguas de Vaucluse, las delicias de su huerto de lechugas... o quizá, el notario Fancesco di Ser Parenzo, jurista graduado de Montpellier y Bolonia.
De no haber visto a Laura ese viernes santo, no hubiera tenido los principios de esquizofrenia, ni la terrible acedia que lo "hiciera tan distante/ de mi mismo, y huyendo de la gente", hubiera muerto también de peste y estaría en el panteón de los poetas olvidados...
Más, honor a quién honor merece, Laura de Noves/Sade sin Petrarca hubiera sido una mujer, que como las muchachas romanas que vivieron antes de ella, tomaban laurel macerado con la esperanza de recuperar un amante perdido. Uno no visto, ni oído, pero en lo más profundo de su ser, alcanzado a vislumbrar...

lunes, 24 de agosto de 2009

Mujeres sexys: insinuar


“Un cuerpo desnudo es un cuerpo perdido”, oí decir un día. Y es que entre los secretos inescrutables del erotismo, se sabe perfectamente que la magia se pierde mientras más se conoce; mientras más adelantos hay de esa región que ha de ser sobre todo, insinuante.

Una lista de mujeres insinuantes sería cosa absurda siquiera de imaginarla. A la insinuación, sensualidad, mágico erotismo o cualquier otro cliché de la seducción no se le puede encerrar en números y categorías. Es mentira que exista la mujer más sexy del mundo.

Hay que detenerse para ver el encanto: la prestidigitación de mostrar un milímetro menos de piel antes del desnudo total, o seguir la línea de unas piernas, la silueta general de una sombra, el encanto caminante en las calles, para poder discernir si estamos ante un cuerpo más o ante un cuerpo perdido. Por eso se agradece que aún hayan quienes se nieguen al desnudo explícito; y por eso, entre la divinización física y la lejanía terrestre van desfilando mujeres de la talla de Adriana Lima, llevando a cuestas sus secretos pero mostrando infinitas conjeturas en los ojos.

Claro que los ojos son órganos en los que tengo una fijación muy especial, pero mi forma de captar la auténtica seducción no puede reducirse a un cuerpo hermoso que para colmo, esté completamente desnudo. Por la debida atención que merece el captar el alto sentido de la insinuación erótica, no puedo elaborar como en muchos lugares, una lista de bellezas, ni perderme en los lugares comunes de muslos, senos o despampanantes caderas a reventar de plástico de las infinitas “estrellas” del momento.

Hay que tomarse su tiempo, observar su mirada y saber si aún queda magia o solo un truco maal vendido.

lunes, 17 de agosto de 2009

Babeando por Scarlett



¿Cuáles son las razones para babear por Scarlett Johansson? Las mías, para sumarme a los miles de fanáticos, comenzarían en realidad por el no se qué de la actriz danesa-americana que mezcla su voluptuosidad, la ambigüedad de su mirada y la fascinación de su cuerpo.

Sin embargo, no sólo es la arquitectura sexuada de su cuerpo, porque entonces sería una simple mujer buenona; una más en la constelación de mujeres plásticas con senos desafiantes y mirada entre perversa e inocente.

Para algunos admiradores, la Johansson es la versión contemporánea de Marilyn Monroe, y bueno, sí está entre las rubias deseables: nórdica, de labios sumamente sensuales y que tienen el cabello como extensión de su presencia; pero para mí, Scarlett va fusionando la larga tradición de rubias (¿qué sería?, desde Greta Garbo y un poco de Doris Day), actualiza eso de que “los caballeros las prefieren rubias” y es una mezcla entre lo más inocente de Ingrid Bergman y la desafiante Monroe que inauguró el imperio de Hugh Heffner.

Guillermo Cabrera Infante, maestro en la descripción de mujeres como Scarlett, hubiera escrito una picante, precisa (muy precisa) y candente descripción de la rubia por la que babeo, y más cuando no sólo es rubia sino de vez en vez una pelirroja agresiva o una morena en realidad un tanto seca. Pero el maestro ya no vive y siguiendo mi propia redacción, babeo y babearé por la Johansson que mezcla un cuerpo de 10, ojos penetrantes, la mirada profunda, esos ojos que a veces son verdes, a veces azules, el rarísimo juego de la nariz con los labios, unas piernas largas, caderas fuertes, pómulos exactos y lo camaleónicas que llegan a ser las mujeres con tan solo recogerse el cabello en una coleta (aunque, creo que la Scarlett más camaleónica sólo la he visto en algunos portafolios de Vogue y en Esquire).

Pero sobre todo, babeo por actitudes como la de Matchpoint, cuando Nola Rice enfrenta a Chris (Jonathan Rhys Meyers) fumando un cigarro y reduciéndolo a la estupidez con la seducción que le mana de los poros.

¡Oh Dios mío! Además hay muchas otras razones para envidiar a ese Chris…