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viernes, 6 de enero de 2012

¿Teorías políticas en el hinduismo?

(El sabio Bhaktivdanta Swami Prabhupāda)

El Śrīmad-Bhāgavatam cuenta que el brahmán Ajāmila un día conoció a una prostituta y arrastrado por la pasión que le produjo, se casó con ella y procreo hijos. Por su calidad de brahmán, ser superior al resto de los mortales, casarse con una prostituta significó la pérdida de su dignidad espiritual. El texto sagrado cuenta que Ajāmila, para sobrevivir, se dedicaba al robo y a toda clase de actividades ilícitas como los juegos de azar.

Así por ochenta años, engendrando contra las costumbres hinduistas un hijo después de los cincuenta. Al momento de su muerte le enternece tanto la suerte que tendrá su pequeño hijo Nārāyana, que sus últimas palabras se las dedica a él. En ese instante unos seres “de aspecto raro, con cuerpos deformes cubiertos de un vello erizado, y caras feroces y fruncidas” llegan a su lecho con sogas para arrastrarlo ante el señor de la muerte Yamarāja.

Cuando los yamadūtas (que tal es el nombre de esos auxiliares necrológicos) cumplían su función, aparecieron tres seres de apariencia hermosa y radiante, los visnudutas o auxiliares de Visnú, que prohibieron tocar el alma de Ajāmila argumentando que a pesar de la iniquidad y pecados en la vida terrenal, la repetición constante del sagrado nombre Nārāyana (un nombre sánscrito que se le da a la divinidad) le había salvado.

Estamos frente a una historia de Virtud. Una reflexión particular sobre la conducta humana que al mismo tiempo es universal: sea el desprendimiento material que buscan los devotos de Krisna o la negación del mal en occidente, la metáfora es la misma.

El sabio hindú Bhaktivdanta Swami Prabhupāda en la exégesis de dicha narración (en español se puede leer en el libro Venciendo al destino) se refiere en extenso a la religiosidad como un supuesto básico para la humanidad y para los gobernantes en particular. Las premisas son también muy próximas al pensamiento religioso occidental, sobre todo al cristianismo y su elogio a la virtud de los gobernantes, sólo que el fondo de la exégesis no termina en teocracia ni en proselitismo sino en una religiosidad que más se acerca a la filosofía. La teoría política de Prabhupāda sería la cara oriental de Platón y su República. De entrada reconozco que esto no es sino una mera analogía. La sabiduría védica es mucho más compleja para ser comparada a la ligera, no obstante, nuestros tiempos exigen un replantear al Estado y sus funciones. En medio de la violencia, que de tajo ha descubierto la ineficacia de la racionalidad como sustento de los cuerpos políticos hay que analizar otras opciones… al menos teóricas. Ese es el propósito de este pequeño texto.

Comencemos diciendo que desde los griegos la virtud es un valor y un requisito que deben tener los gobernantes. Platón y luego Aristóteles establecerán la conexión formal entre los filósofos y los reyes como las personas más aptas para ejercer el gobierno en tanto son dueñas de la virtud, la mesura, reflexión, acción y práctica para el bienestar común, para conseguir la felicidad colectiva. Los cristianos medievales seguirán el pensamiento griego hasta llegar a las complicadas teorías sobre el poder y la sociedad. Lo demás es conocido, la Iglesia hizo propias las doctrinas políticas y terminó absorbiendo la idea del político dentro de la teología.

El Estado se configuró entonces como una entidad orgánica, un modelo perfectible que tendría por ideal las máximas del Evangelio, bajo un argumento total e irrefutable: omnis potestas a Deo, “todo poder proviene de Dios”. Bajo esta perspectiva cualquier fusión amigable entre la Iglesia y el poder civil es imposible; sería inútil referir la historia de los conflictos Iglesia-Estado.

(Krsna vs Rosseau: Los pactos sociales no pueden conseguir la satisfacción colectiva)

Cuando leí la exégesis de Prabhupāda lo primero que me llamó la atención fue la aparente ingenuidad del argumento según el cuál la religiosidad debe estar por encima del gobierno civil. Pero luego, analizándolo el alcance de su idea es muy interesante. Primero porque la religiosidad no se ciñe a una institución sino a una liberación, a una entrega que significa la plena realización del ser. Segundo porque en Occidente existe la idea de que la violencia no puede ser medida racionalmente porque la violencia misma es una irracionalidad humana. Entonces entra la sabiduría del maestro hindú: el contrato social es una necedad, no hay ninguna oportunidad para que por medio de la razón (entregar nuestros derechos a un tercero para que los administre) se consiga un estado sentimental que satisfaga a la humanidad entera. El ingenuo se convierte en malicioso; la razón es en realidad una cuestión sentimental, pues el Estado en efecto es abstracto pero se manifiesta en instituciones, en lugares físicos, en leyes y pactos, todos aprehensibles con los sentidos. Prabhupāda va más allá: el objetivo de los pactos es una simple complacencia de los sentidos, el bien común pretende hacérsenos pasar por la manifestación de la felicidad, pero es una felicidad absolutamente material y por tanto incompleta.

Ideas como estas serían proscritas en cualquier filosofía política occidental, no es raro que jamás se mencione como teoría política. La reflexión del sabio hindú es ética, pero en estos momentos es necesaria. La propuesta del Bhaktivdanta es simple y por eso mismo compleja y profunda: “lo claramente recomendable es enseñarle a la gente a volverse consciente de Krsna y regresar al hogar, de vuelta a Dios” (p. 20). Si intercambiáramos los conceptos por cualquier credo occidental la propuesta es noble y elevada pero imposible de llevar a cabo en la vida real; si intentáramos matizar el contexto hay puntos que valen la pena ser reflexionados en extenso.

La conciencia de Krsna, según ejemplifica el caso del brahmán Ajāmila, es asequible a todo el mundo, por más sumidos que estemos en el error hay posibilidades de enmendar la vida. Los gobernantes tienen que ser dignos de sus representados y su principal labor será la de enseñar esa conciencia. Así, el gobierno, además de virtudes, debe tener un fin didáctico hacia sus gobernados respecto a la idea de realización religiosa, que como hemos dicho es una liberación. Octavio Paz en Vislumbres de la India prevenía que las filosofías orientales que hablan sobre el gobierno no son teoría política porque no buscan un bien común colectivo. Lo que hay que rescatar en consecuencia es un postulado clásico: que el gobernante ha de ser virtuoso por sí mismo. Para los hinduistas, el gobernante no es parte de una Iglesia como institución y la divinidad en ningún momento lo ha designado o tocado especialmente. El gobernante es un sabio que está capacitado para guiar a los ignorantes, es un sabio que tiene por principales valores la honestidad y la religiosidad entendida ahora como un estilo de vida muy cercano a la pureza. El gobernante no es improvisado, ha llegado lejos en su camino de aprendizaje y por eso, sólo por eso, puede aspirar a ser un maestro que busca dar a su pueblo seguridad, instrucción y confianza, porque los ciudadanos depositaron ese valor en que su gobernante sabrá usarlo de forma benéfica. Si defrauda esa confianza cometerá el peor pecado, pues “aquel que traiciona la confianza de una entidad viviente que se refugia en él de buena fe… es extremadamente pecador” (p. 29).

¿Qué se extrae de toda esta reflexión? La idea del gobernante sabio es tan añeja como denostada. Hoy por hoy nadie cree que sus gobernantes sean unos sabios y hay casos de terrible ignorancia. Los hinduistas no pueden bajar estas ideas al plano material porque tienen por principio la negación de que el Uno, la categoría ontológica por antonomasia, sea reducible al cuerpo; además, porque los verdaderos principios religiosos (bhāgavata-dharma) consisten en “la entrega al Señor supremo y el amor por Él” (p. 56). Nosotros tampoco podemos desprendernos absolutamente del mundo material, pero ¿por qué no reflexionar más profundamente nuestras ideas?, es tiempo de cuestionar la razón pura y analizar como navajas si los postulados democráticos y los sistemas de gobierno como tal nos satisfacen. Creyentes o no, a favor o en contra, los gobernantes capitalizan nuestra confianza, sea tácita u obligatoria, cada día nos la defraudan, se contradicen, nos privan de una realización material que aunque Prabhupāda considere parcial y caduca, es una satisfacción legítima y a veces suficiente. Entonces, ¿no podríamos como el brahmán Ajāmila arrepentirnos en el último momento?

martes, 20 de diciembre de 2011

Trópico de Cáncer y Henry Miller: ¿libelo, calumnia, difamación, canción o escupitajo?

(Henry Miller: "creía que era un artista. Ya no lo creo, lo soy)

¿Habrá alguna razón para leer?, ¿hay libros que cambien la vida? Seria difícil contestar estas preguntas. El ser humano no tiene moldes y la lectura es un ejercicio privilegiado de la libertad. Uno lee por el gusto mismo de leer, no por encontrar remansos o escapes, ¡nada!, se lee porque sería peor no leer, porque leyendo nos autoafirmamos. Así que dudo que haya libros que cambien la vida, cuando más la definen mejor.

Así pienso de Trópico de Cáncer, novela de Henry Miller de 1934. La historia detrás de la novela es conocida; nadie quería publicarla porque estaba “plagada de indecencias y obscenidades” hasta que Obelisk Press la editó en Paris. Inmediatamente sobrevino la catarata de reacciones, demandas, prohibiciones y censuras hasta convertirse en un clásico de la literatura contemporánea, inspiradora de una generación completa, la Beat. Pero fuera de esa historia qué. Trópico de Cáncer en realidad no es una sola idea en tanto no es solo una novela. Inclasificable como su temática es a un tiempo narración, autobiografía, ensueño, ensayo y denuncia; además tiene un espíritu vitalista que abarca y cierra como tenazas a la condición humana, desde el sexo hasta la autorreflexión.

Si existe un solo hilo narrativo en Trópico de Cáncer ese es el Fluir. “El héroe no es el Tiempo, sino la Intemporalidad… el tiempo no va a cambiar” dice al inicio. Todas las memorias del protagonista (Miller mismo), todo lo explícito que pueda ser al recrear al sexo es nada porque queda demostrado que lo único contingente es el hombre. Por eso su actitud para con los demás es absolutamente real y demoledora. Es nihilista y vitalista, es un sensualista que exprime la última gota de la vida, pero no es un egoísta como pudiera parecer en primera instancia porque lo que hace es autoafirmarse. No en balde cita y declara su empatía hacia Whitman, “el Hombre”: se canta a sí mismo, desprecia al Otro porque la autoafirmación frente y por los semejantes nos reduciría a lo patético y en el peor de los casos a la Nada: el amante que vive por y para la pasión pero descubre al consumirla que se consume a si mismo, que no hay sino vacíos en el núcleo del placer y anticipos de la muerte en cada orgasmo. Por eso el protagonista se afirma, cueste lo que cueste.

Esa forma de vivir no es fácil como pareciera. La autoafirmación es a costa de todo el esquema de valores; es sacudirse, volver a empezar de nuevo desde cero si en verdad aspira a entender el Fluir y luego, dejar que el Tiempo haga lo suyo. Trópico de Cáncer es una obra maestra sobre cómo entender al Tiempo, pero sin marrullerías ni caminos fáciles, sin concesiones ni eufemismos pues no se trata de cruzar los brazos simplemente y ser indiferente o llenar frasecitas bellas sin sentido, sino de entender todo lo que significa el Tiempo y estar dispuesto a Serlo antes que vivirlo.

Miller como Heráclito no concibe que el Ser sea en sí mismo. El Ser no es estático, está en la eterna contradicción de ser y no ser al mismo tiempo, en el devenir perfecto de un fluir incesante. Fluye entonces aquel Miller que escribe sobre Miller, aunque a veces lo llame Joe. No hay nomenclaturas, no valen los pronombres. Una simple mención basta para captar a ese Ser errático que deambula por el Paris de los años 30 demostrando que la miseria y la gloria son dos caras de la misma moneda. Arremete contra todo, porque el Fluir no concibe naciones o identidades sino quizá una pertenencia a sí mismo. Miller destroza a las ciudades, reniega de ideales preconcebidos; Nueva York “te hace sentir insignificante”, Paris es un paraíso y una antesala del infierno, los alumnos de Dijón no son materia de transformación sino un hato de desgraciados alienados y subyugados para que no piensen; su tiempo social como conceptualiza Norbert Elias a las mediciones humanas, es un fiasco total y un absurdo, los tiempos modernos apestan; de cualquier modo “en el meridiano del tiempo no hay injusticia: sólo hay la poesía del movimiento que crea la ilusión de la verdad y el drama”.

Para entender al movimiento del Ser hay que entender la inexorabilidad, desprenderse de todo, de la esperanza, los valores y los recuerdos más lejanos. El nihilismo que se asoma se matiza porque se requiere un grado extremo de complacencia y de conocimiento para simplemente Ser. ¿Qué importa la pobreza?, ¿de qué sirven las vejaciones, el vivir por vivir, el estar hambriento el desahogo en el sexo?, a final de cuentas el protagonista es y punto. Comprende que para ser no necesita que suceda nada, no tiene que esperar nada, no hay que recordar en absoluto. Con un vitalismo digno del mejor Thoreau, Miller dice: “tome la determinación de no aferrarme a nada, de no esperar nada, de vivir en adelante como un animal…”. Es esa decisión la que forma su ethos, el de ser consciente del Movimiento y por él de ser absoluto dueño de sí mismo, que es la forma más complicada de la libertad.

Todos estos puntos pueden ser interpretados de distintas maneras. Para los censores de Miller y los parisinos que aún vivían bajo la sombra de la belle époque, su narrativa es corrosiva y destructora, una absoluta perversión que no tiene empacho alguno en decir todo: “Cuando un hombre está ardiendo de pasión, quiere ver las cosas; quiere verlo todo, verlas orinar incluso. Y aunque es magnífico saber que una mujer tiene inteligencia… Germaine estaba en lo cierto: era ignorante y sensual, se entregaba al trabajo con todo su corazón y con toda su alma. Era una puta de los pies a la cabeza… ¡y esa era su virtud!”. Miller, entendámoslo, no reivindica nada. Sería muy tramposo hiperbolar su relato para decir que en el fondo muestra un amor fraterno por la humanidad o por la cultura. El protagonista, al captar su ethos decide que la mejor consigna es no desesperar (Il ne faut jamais désespérer); se aleja del mundo, porque aunque no tiene esperanza (y hay que recordad que a George Orwell le dijo que ir a la guerra de España era “el acto de un idiota”) tampoco hay nada que hacer ni por qué desesperarse. Miller demuestra la miseria humana en la miseria de la ciudad y así insistir que la contingencia humana y la inexorabilidad del tiempo hacen insignificante cualquier situación o estado. El mundo colapsaría y seguramente colapsará por un exceso de humanidad, por la idolatría a la razón y al mero sensualismo. El valor de Miller es el del artista, el que se percata de que en el esquema de valores tan rígido que impone la cultura no hay la más remota posibilidad de transformación.

Recuperar el valor de la vida en el arte es un cliché. Miller lo lleva a sus categorías más punzantes después de hacer uno de los más bellos elogios del arte en la literatura interpretando a Matisse. El Arte lo deja en “los límites auténticos del mundo”; todo se puede ir al infierno pero siempre habrá algo, alguien que rompa los límites e introduzca una nueva Cosa: un nuevo ver, un nuevo mañana, una nueva oportunidad. “Incluso cuando el mundo va camino de su destrucción, hay un hombre que permanece en el centro, que queda fijo y anclado más sólidamente, más centrífugo, a medida que se acelera el proceso de disolución”. Esas son las barreras contra el nihilismo corrosivo y brutal que vieron externa y únicamente sus censores. No da su brazo a torcer contra el repudio al mundo pero tampoco le da la espalda. Nadie diga que sin arte nos moriríamos de tanta verdad sin repasar la cita de Miller: “porque en este mundo, como en cualquier otro, la mayor parte de lo que ocurre es porquería e inmundicia, sórdido como un cubo de basura”. El Arte también forma parte del Fluir en tanto creación humana y por tanto es contradictorio, contingente y errático, es decir, el Arte no logra borrar la fealdad.

("El mundo de Matisse es todavía bello al modo de un dormitorio anticuado")

Tras este proceso de negación y desprendimiento, Miller arma su “profesión de fe”, una extensa declaración inclasificable que va del antiamericanismo, la denuncia del decadentismo, renegar de las ideas para entrar pleno a la actividad, su empatía total con Walt Whitman (y su repudio a Goethe) hasta su concepto de artista, un fragmento que por sí mismo valdría una interpretación a fondo.

El artista es un forjador de la Palabra que consigue que las palabras exploten, desgarren y demuestren una realidad, subyacente o evidente, para mostrarla, gritarla y ponerla de narices frente a lo que el mundo le ha asignado. Para el Miller protagonista, el hombre está acorralado frente al mundo y será estrangulado a menos de que haga buen uso de las palabras: “las únicas defensas que le quedan son sus palabras y sus palabras son siempre más resistentes que el peso yacente y aplastante del mundo”. Las palabras detienen el devenir, alteran la lógica de lo inexorable, dar con el punto exacto de sus significados es el objetivo, no el ideal, porque las palabras tienen que destruir las ideas, penetrar en lo profundo del mundo y arrojarlo con toda violencia. Las palabras permiten la rebeldía, están por encima de “gobiernos, leyes, códigos, principios, ideales, tótems y tabúes existentes”. Las palabras sondean los misterios que la cultura ha soslayado a la prohibición por su incapacidad de explicarlos, y ¿qué mejor misterio que todo lo que envuelve a la obscenidad? Partes del cuerpo, actos naturales, genitales, perversiones, deseos, el cuerpo como objeto, el cuerpo como cosa, son imposibles de negar, atemporales, son parte de los misterios que la Palabra debe de mostrar. Miller lo ha intentado hasta el hastío, hasta demostrar que como todo misterio su ambivalencia es peligrosa y confunde, la satisfacción también ahoga. El artista entonces debe romper lo establecido, “derrocar los valores existentes, convertir el caos que lo rodea en un orden propio”, un orden que lo lleva hasta el extremo de sí mismo y de todos, porque el Artista es un inhumano, está fuera de los límites de la humanidad; ser humano le parece “algo pobre, lastimoso, miserable, limitado por los sentidos, restringido por receptores morales y códigos, definidos por trivialidades e ismos”.

El verdadero artista ha escalado una vía parecida a la de los místicos porque está lleno de negaciones en busca de una necesidad superior, “el monstruo que les roe las entrañas” los obliga a ir más allá; “impulsos desconocidos… convierten es pasta húmeda en pan y el pan en vino y el vino en canción”, intentan asir a “un dios desconocido”. Los artistas han renegado de todo, buscan todo, si consiguen algo es por lo menos un último alarido, una necedad absoluta que ya no es simple rebeldía. Han intentado frenar el Fluir de las cosas, que está por encima de la humanidad y del vitalismo, que va hacia el cosmos y absorbe toda idea panteísta; el artista entra en un vertiginoso movimiento, porque a fin de cuentas ha entendido que él también está fluyendo y se siente parte de eso. El gran deseo de Miller protagonista es el del Miller escritor y el de los que aspiren a esa totalidad: “el de seguir fluyendo, unido al tiempo, el de fundir la gran imagen del más allá con el aquí y el ahora. Un deseo fatuo, suicida, estreñido por las palabras y paralizado por el pensamiento”. Escribir el misterio de hacer el amor y describir con lujo de detalles a los participantes y asistentes no es morboso ni obsceno, “más obscena que nada es la inercia”, y santos censores de Henry Miller, “mas blasfema que el juramento más horrible es la parálisis”.

¿Libros qué cambian la vida?, no a menos que seamos absolutamente influenciables, pero libros que intentan demostrar los misterios de la vida los hay pocos. Las ganas para leer a Miller son suyas amable lector.

martes, 27 de julio de 2010

Inventos inverosímiles y clarividentes: de la Máquina de Pensar a las Cañas Militares


La Máquina de Pensar

Nuestra mente siempre está trabajando. Bueno, en algunos casos no, pero siempre maquinamos algo, siempre queremos ver el otro lado de la luna.
Cosas inútiles, cosas sorprendentes, artefactos destinados a cambiar el mundo, adornos que no sirven para absolutamente nada... la lista de inventos es infinita, pero cómo no detenerse en los clásicos ejemplos: los hermanos Wright que querían hacer una especie de pájaro de papel y metal; el loco florentino Leonardo da Vinci que... bueno, da Vinci, ¿qué se puede decir?
De la inventiva del hombre hay cosas que me sorprenden por su clarividencia o por su arrogancia, pero siempre me sorprenden y sobre me hacen preguntarme: bueno, si se hubieran logrado, ¿qué sería hoy del mundo?
Antes, un poco antes. También han existido los inventos que han pasado desapercibidos por la historia y por los hombres. Pienso en aquel Geber Latino, seudónimo del árabe Yäbir inb Hayyän, científico del siglo VIII (aunque quizá en ese entonces sus tarjetas de presentación dirían "alquimista") que escribió un tratado descriptivo de la química experimental y estableció las bases para que los futuros alquimistas medievales se entretuvieran de lo lindo con nuevos reactivos, como el alcohol y los ácidos minerales.
Pero volvamos. Inventos inverosímiles no son sinónimo de fruslerías, a veces son clarividentes. Paracelso antes de morir estaba experimentando con unas "sales" presentes en los elementos químicos, que al ser extraídas de la naturaleza podrían alimentar a las plantas para que produjeran más alimentos.
Otro alquimista también clarividente fue el alemán Johann Rudolf Glauber, activo en la segunda mitad del siglo XVII. Glauber, impactado por la Guerra de los Treinta Años ideo la utilización de sus "ácidos" para fines militares. En efecto, propuso que se adoptaran unas "cañas militares" que en en forma de neblina rociarían a los ejercitos enemigos: ¡la ciencia también es poder! parecía gritarles Glauber. Pero no se crea que fue un monstruo. La alquimia también era filosofía y humanismo, de modo que en largas reflexiones morales examinó las muchas posibilidades de su invento, como el hecho de que el secreto fuera robado y los enemigos también tuvieran acceso a sus cañas y los alcances de una mortandad sistemática.

El señor Glauber (1604- 1670)

Envuelto en una polémica por la violencia de su invento, Glauber dió una justificación de sus ácidos respecto a la pólvora, el arma de destrucción masiva de la época barroca: "Con mi invento no muere ningún hombre y, no obstante, se arrebata la victoria de manos del enemigo. Y a los enemigos, apresados vivos y reducidos a la cautividad, se les puede obligar a trabajar y, en mi opinión, serán de más provecho que si se les mata". Y remata: "¿no es lícito acaso que catiguemos con la ceguera a nuestros principales enemigos, los turcos, y defendamos a nuestras esposas e hijos?" (Debus, Allen G., El hombre y la naturaleza en el renacimiento).
Dicen y dicen bien que es anacrónico utilizar nuestros conceptos éticos contemporáneos cuando analizamos el pasado, pero queda la especulación por fortuna. ¿Hoy en día, qué usaríamos si el señor Glauber hubiera proveido de "cañas" a todos sus contemporáneos? ¿Es lícito imaginar al padre Hidalgo rociando de lo lindo a los realistas porque al final de cuentas, era mejor dejarlos ciegos que permitir siguieran gobernando? Lo que es más ¿hasta dónde hubiera llegado Napoleón?
Pero terminemos con escenarios menos "ácidos", porque estoy seguro, apuesto mi cabeza, que si Raymundo Lull hubiera encontrado la manera de dar con todas las combianciones de la mente, su Máquina de Pensar nos ahorraría mucho esfuerzo, mucho esfuerzo.

domingo, 9 de mayo de 2010

Poesía y eternidad desde Tepetlixpa



Difícil, muy difícil es escribir sobre la poesía, ya no digamos hacer poesía; de hecho lo único que he tomado de ese arte son sus herramientas para observar, sentir, respirar...
Se preguntarán a qué viene esto. Bueno, pues es que en estos apretados días de tanta tarea, volví casi incidentalmente a escribir (digamos mejor a intentar) poesía.
Pero antes quisiera exponer mis temores. Hay tanto que decir sobre la poesía que sólo el silencio puede dar idea, en su majestuosidad y alcance, lo que la poesía es. Descubrir mundos, buscar lenguajes, mostrar otros mundos que en realidad son este mundo suena tan fácil de decir... y sin embargo es tan dificil de lograr que hay que ir con tiento en esas tierras de los dioses poéticos. Dioses que por otro lado también pueden ser demonios, pues bien dice el Corán (Sura XXVI, 221-226):

¿Acaso he de informarte sobre quién descienden los demonios? Descienden sobre todos los embusteros pecaminosos que explican lo oído, pero, en su mayoría, son embusteros, descienden sobre los poetas, y son seguidos por los seductores. ¿No ves cómo andan errantes por todos los valles y dicen lo que no hacen?

Lo sé, esto es demasida introducción para un mero pseudopoema, pero todavía resuena en mí la lección de "El espejo y la máscara", el cuento de Borges (El libro de arena) donde el Alto Rey ordena al Poeta que inmortalice su victoria de la batalla de Clontaf. La primera versión es una loa que sigue los recursos técnicos aceptados por los poetas, una versificación clacisista de hermosa y delicada factura que emociona al Rey, quien sin embargo ordena una segunda versión. En ésta hay ya una revolución: "no era una descripción de la batalla. Era la batalla". El Poeta creaba metáforas, mostraba la vida. El Rey, encantado, da su veredicto: "esta supera todo lo anterior y también lo aniquila. Suspende, maravilla y deslumbra", le dice al Poeta. Por lo mismo le ordena una obra más alta aún. Vuelve al poeta al cabo de un año. Se ve pasmado. No quiere decir su poesía, diciendo que Cristo nuestro señor le hubiera prohibido su ejecución; pero el Rey lo anima. Dice Borges: "el poeta dijo el poema. Era una sola linea".
Ambos, Rey y Poeta, paladean la poesía, la sienten, la gusta como una belleza y una blasfemia al mismo tiempo. Ambos quedan turbados y maltrechos. Saben que en el poema están todas las maravillas del universo, el influjo del Espíritu, la fórmula de un pecado. El Rey va más allá, conocieron la Belleza, que es un don vedado a los hombres. Urge una expiación a semejante pecado.
Y cierrra la narración el maestro argentino. Al Poeta se le dio una daga, el Rey "es un mendigo que recorre los caminos de Irlanda". Poesía, poesía, poesía...
Mejor me callo y les dejo el Intento (desde la Parroquia de Tepetlixpa, todo es posible):


No eres tú

ni tu sombra, ni el reflejo de un reflejo,

llevas sangre en las venas

del corazón te brotan árboles;

eres tanto como el color de la tarde

o la extensión del horizonte.


Tu vida no es más larga que un incendio

tus días no más grandes que una flor:

el tiempo no existe.


Sin embargo ya estuviste aquí

viste la misma puesta del sol

el derrumbe de otro templo que es este templo,

moriste, para encontrarte con otro yo.


Abre los ojos. Eres parte de lo eterno

tu voz se guarda en las piedras,

tu corazón tiene vida de muchas vidas

eres sangre y animal.

Algún día en el futuro

Oíste los compases de esta charla.