Gracias a mis sueños vivo mucho más. Lo que sueño no son cosas que quiero hacer, ni siquiera proyecciones sino extensiones de esta vida: lugares nuevos, arquitecturas prodigiosas, reordenamientos de mi entorno. Pero cuando no son sueños son imágenes fijas de otros tiempos, y hoy ví nuevamente la luz que se proyecta en ls paredes y los objetos instantes previos a que llueva. Parece entonces que la luz emerge de los objetos, que irradia sentimientos y concentra las lejanías. Por lo menos, la luz adquiere coloraciones patéticas. Todo el derredor se pone nostálgico, o vacio ante la proximidad de la lluvia y esos colores amarillos, azules o acerados se reproducen en las esquinas; parecen los rompimientos de gloria de los pintores religiosos, o es que los pintores del arte sacro, en esa luz se inspiraban para la luminosidad que emana de los santos.
Necesito ser más aventurero, cosa por demás comprobada.
Leyendo un poco sobre la llamémosle “teoría literaria virtual”, me siento involucrado totalmente, pues por principio de cuentas, soy parte de ese mundo. Además, las bondades de la misma me interesan: el hipertexto en verdad permite una mayor interrelación del creador con sus lectores; los medios sí se democratizan y surgen matrices únicas, donde los esquemas y estructuras de los textos no se ajustan únicamente a un intercambio entre dos personas de una idea, sino que cada texto puede amoldarse a una infinidad de necesidades y claro, de gustos.
Por los gustos es que se ha abierto un dilema entre el libro tradicional y la literatura virtual. Hace 10 años, se creía que el periódico y los soportes escritos tradicionales cederían completamente ante el empuje del e-book y de las revistas electrónicas. Hoy, ya casi para cerrar la primera decena del siglo XXI, vemos que no ha sido así. Para los que amamos los libros, nunca habrá un soporte que derrumbe el imperio de las tapas, el olor a madera e incluso el ritual de quitar el polvo a libros de todos los tipos y tamaños; pero ciertamente es una gran ventaja contar con recursos como el Internet que nos permiten lanzar nuestras ideas al espacio de la red.
Ahora que se habla con toda propiedad de una cyberliteratura que pondera la aparición de textos diversificados y el boom de una escritura de bloggers y espacios colectivos en redes sociales, páginas web o fanzines elaborados por el propio escritor, escribir sobre ellos, aunque sea brevemente, es en parte escribir sobre mi mismo. Si hace años, cuando en la prepa armábamos los proyectos en torno a revistas que pocos compraban, hubiera existido este boom, quizá los de mi generación hoy seríamos más “conocidos”, o por lo menos, habría bases para divulgar y formar grupos más homogéneos en torno a lo que generacionalmente nos identifica, pero en fin, las cosas pasan por algo.
Y por ese “algo” no se pude pasar desapercibido el gran problema de esta literatura sui géneris. Dênis de Moraes, escribiendo sobre el ecosistema virtual (obviamente, en un artículo de Internet) retoma las ideas de Fabio Lucas sobre la hipervelocidaden el dominio cultural, que no es sino la urgencia, la lógica emergente de las tecnologías de la información que bombardean datos a una velocidad exponencialmente más rápida que la capacidad humana de asimilación. Aquí en este blog sucede: voy más rápido de lo que me puedan leer, actualizo muy pronto.
Por eso nunca morirá el libro. Por eso uno se toma lapsos que escapan al tiempo para disfrutar cada página. Escapan al tiempo porque la lectura en sí misma, exige un tiempo distinto al de los hombres.
Vivían juntos dos veces por semana; diez veces al mes cuando el deseo llegaba de pronto. Ella, una más entre las mujeres; él, un tipo sin diferencias sustantivas, pero lograron unirse con sus emociones, con ternura y la delicadeza de su particular guerra amorosa. Se unían en abrazos suaves como el roce de una tela. Él la tomaba de la cintura, la envolvía en sus brazos con una fuerza fuera de lo común, como tenazas que detienen al hierro en la forja. Ella le pasaba las manos por el cabello, besándole cada palmo de su cuerpo y finalmente, ceremoniosa y lánguida, los párpados.
Entonces eran un solo cuerpo, una guerra sin concesiones en la amplitud del dormitorio. Salpicaban las paredes con sus besos, detenían el vuelo de las aves y el mecer lento de las jacarandas. Eran un solo cuerpo, aunque en realidad eran dos cuerpos en el ojo del huracán de una cuerda destrenzada. Pero eran. Y las paredes se estremecían, los tejados se derrumbaban. Ella se perdía, se encontraba luego en él. Se rodeaban de una luz blanca que vertiginosamente hacía que todo girara sobre ella; es que él detenía al mundo para que ambos estuvieran a punto de evadirse, a punto de la muerte. Entonces se desdoblaban, reflejo de un espejo. Él podía ver toda su historia en el rostro de ella, una historia que se remontaba a siglos de relaciones, desencuentros, búsquedas y ahí encontraba todo, nítido como la superficie de un vidrio. Todo en retroceso hasta justificarse en un grito profundo que arrastraba los años y a las personas. Y los dos, tendidos al final de la guerra, con los ojos cerrados y las manos entrelazadas, podían escuchar el exacto sonido del encuentro de las olas, que justo en ese momento, atravesando todos los montes, sucedía en el mar.
Primero, el tango. Indescriptible la fuerza que imprimen los instrumentos que lo animan,:el violín, agudo lamento; el bandoneón, coro de voces para cada estado de ánimo. Segundo. Increíble el poder de algunos escritores para "crear" entrañables mujeres. Han de haber más ejemplos, claro, pero mis mujeres consentidas que fueron creadas perfectamente en la mente de un hombre son 3: Emma Bovary, Otilia Rauda y Rosalba (de Rosalba y los Llaveros).
Las tres son creaturas completa y sinceramente femeninas. Piensan, actúan y son mujeres sin cortapisas. En el discutido y eterno dilema de las relaciones de género, debería hablarse más del poder de análisis y la sensibilidad de Flaubert, Galindo y Carballido para hacer que sus heroínas sean las mujeres más entrañables de la literatura. Emma siendo una mujer en busca del amor que surge en brazos de los amantes, es libre sobre todas las cosas. Otilia, la mujer voluptuosa de grandes pechos y caderas incitantes, es fortaleza, una luz que brota de su femineidad para que toda ella sea el misterio y no se termine el encanto de su cuerpo hermoso cuando le vean la cara. Rosalba, la sabelotodo que trastoca el orden de la provincia cerrada de los años cuarenta, es la mujer en busca de su esencia, de su acción. Las tres, rayando en heroínas imposibles, se convierten además en mujeres plenas cuando asumen su debilidad como seres humanos; debilidad que no tiene nada que ver con estereotipos ni conseciones de ninguna índole, sino con la simpleza demoledora de que ellas, Emma, Otilia y Roslaba, como todas las mujeres del mundo (y como los escritores que las imaginaron) son suceptibles de sentir.
Y quizá, si no terminaran en el libro, volcarían sus sentimientos en un acorde de bandoneón.
Hoy me eché a caminar por Amecameca, sin rumbo fijo, por las calles que antes recorría con cierta frecuencia. Al caminar así me sentí dueño de mí mismo, obedeciendo no más que al instinto, dispuesto a envolverme del entorno, buscando además la magia de este, mi lugar. Si insisto tanto en describir los lugares es porque estoy seguro que cada pueblo, cada calle y esquina tiene una chispa que lo diferencia de todo lo demás. En Ameca, a pesar de los años, las pérdidas irremediables y de la indiferencia hay una magia que crece con la imaginación. Caminaba imaginando que las casas volvían a su esplendor de balcones, tejados y ventanas con vidrios de colores. Siempre con el aire frío, punzando, cortando el aire. Ameca siempre gris para mí pero no por tristeza, sino por la ambivalencia de emociones, porque el gris es el color neutro por excelencia. Caminé descubriendo lugares, calles, nuevas caras y desolaciones. Descubrir palmo a palmo lo que me rodea, descubrirme a mí mismo en un día al estilo literario, donde tomé el morral con un libro, hojas, la pluma y la cámara, me metí al tianguis, me detenía para ver cada rostro y los colores de los puestos y terminé en una librería de viejo que acaban de abrir, hojeando libros, dejandome llevar tan solo.
Regresé para ir a la cita del grupo, para visitar el ex-convento de Chimalhuacán, donde la humedad vibra y la llovizna parece ser un telón de fondo a los escudos dominicos que aún existen en el claustro; para ir a cenar con los amigos, para venir aquí y decirme que hoy fue un gran día. Quizá dormiré pensando en los hermosos balcones, las casas de adobe encaladas, la amplitud de las avenidas y el majestuoso valle del Volcán, señor de esta tierra sin lugar a dudas.
Cuando tengo al lado a Roger y veo cómo es capaz de dormirse en cualquier lado, sin importar que haya ruidos, guitarrazos (como ahora con Joe Satriani), pulidoras, compresoras o los gritos de la casa, quisiera ser como él y desconectarme hasta que el ruido de su bote de Wiskas lo despierta. Siento que tengo que dormir más, porque voy de nuevo por los insomnios y lo malo es que en el día me pasa su factura. Roger en tanto, es idiferente a que la música brinque de Satriani al Directo 90 (un disco que me gusta mucho) y a todas las locuras que almacena el reproductor de música. El gato es sabio porque duerme a sus anchas, sin preocuparse del mundo y sin mortificarse por no leer a un clásico. Algo tiene, seguramente es simpático entre las gatas, tendrá algunos amigos con los cuales ir a platicar en las bardas y algunos días se lanza a la aventura entre los corrales, muy de madrugada. Maulla, contesta, recita poemas en su lengua vernácula de gato pardo y escribe una columna en el brazo derecho de nuestro sillón. Sibarita, pasa de las Wiskas de salmón a una lagartija y se tiende a dormir una siesta bajo las peras.
Quisiera ser Roger de vez en cuando, como ahora que tengo que salir nuevamente...
El Festival llegó a su fin. A diferencia de abril, estos dos días se me hicieron más dificiles, un poco más estresantes, pero aún a pesar de lo mala leche que pueden ser algunos pseudo-artistas, lo más importante es que regresa la felicidad y esa satisfacción de que se ha dado buen fin a un gran proyecto. Es verdad que cada día se aprende algo nuevo, y hay una lista disparatada que me gustaría mencionar, como eso de que la pizza sabe mejor con pimienta y ajo molido esparcido sobre la capa final, el que aún es impactante un pueblo que de pronto se queda sin luz; el Ser de la magia del radio, porque uno no tiene ni idea de cómo es físicamente el locutor y finalmente, que en las presentaciones artísticas más formales, donde hay un cañón de luz que sigue al artista, la sensación de ser el foco de atención va a filo de navaja entre la presunción y el desquebrajamiento por los nervios.
Ah... y ya terminé de leer a Sahagún. Y para ser más sincero, a veces sería bueno tener un sentimiento amoroso en el corazón.