lunes, 5 de octubre de 2009

Pinceladas de Cuernavaca I



Para sentir a Cuernavaca, estando fuera de ella e incluso dentro, siempre hay que volver sobre el relato corto Cuernavaca, de Alfonso Reyes, donde narra los pormenores de una ciudad rodeada de vergeles y sorpresas mientras observa a las aves rayar su cielo.

El maestro nos regala una postal de Paisaje más que de Ciudad. Reyes examina con sabiduría los elementos que circundan Cuernavaca, consciente que el encanto de esa ciudad-pueblo es su naturaleza, no mágica pero sí muy sensorial, donde: los volcanes, transparentes a la madrugada, cuando los poderes de la tierra, iglesias y cuarteles, dejan oír los primeros toques de campanas y de clarines, se dejan ver poco a poco envueltos en un fulgor de azafrán, manchado de nubecillas negras y cruzado de bandas azules en abanico…

El texto es de los años cuarenta, cuando el furor de los extranjeros va decayendo un poco y la ciudad adquiere su propio perfil. Pero esta etapa no es decisiva, ni concluyente. El problema primordial de Cuernavaca es su falta de definición de identidad, pues ha estado entre la ciudad de trashumantes y viajeros de paso, y el lugar del exilio definitivo (involuntario pero necesario) de migrantes. Cuernavaca es de Morelos la menos morelense de sus poblaciones, y el que sea la capital del estado es tan solo una delicada ironía. Lugar de partidas más que de llegadas y de arraigo a cambio de olvido, no es su clima bondadoso lo que la hace ser una ciudad con vida propia, sino el poder que hay en sus callejuelas y su paisaje circundante, orgiástico, imposible, decadente, para que la vida se detenga y se reinvente. Por eso la validez del relato de Reyes, la fuerza de su argumento de inmutabilidad: siempre igual y siempre cambiante, el drama del amanecer y el anochecer vale por sí solo, visto desde aquel aéreo balcón, la estancia en Cuernavaca.

Reyes hace un recorrido por las andanzas históricas de la ciudad, sus visitantes, sus invasores, los ilusos que compartieron el cielo morelense con las realidades sociales del pueblo. Y es esa mescolanza la que dará esa conformación dinámica de Cuernavaca, tierra típica y de color local, por su sustancia comienzan a correr los morbos extraños. Porque el texto, con toda su edad, se adelanta a el influjo que a futuro tendrían las oleadas de inmigrantes, sin saber que la definitiva, después del terremoto de 1985, sería la que engendraría a su clase media, el puntero de la capital del estado, los demandantes de cambios industriales y modernizadores que sin embargo no representan la conformación de una identidad ideológica sustentada en la pertenencia. Desde el tiempo de Reyes, confirmado en la época actual, en Cuernavaca, “pequeña Babel”, va naciendo una mescolanza de modas y maneras dignas de la atención del sociólogo.

Cierto que las migraciones como todo proceso de movilidad humana, termina siendo un movimiento cultural. Reyes se detuvo con atención en la vida sibarita, a ratos excéntrica, de las clases altas de la ciudad. Habla de los extranjeros que son insoslayables, como el embajador Morrow y de Maximiliano; pero también de los locales, innominados en su prosa pero presentes en espíritu: uno los siente jugar en el campo de golf y beber tragos en la terraza del Hotel Bellavista.

Reyes y muchos escritores de Cuernavaca han dejado de lado a la clase popular, la masa informe que no tiene distracción fuera del Parque Revolución, ni los migrantes guerrerenses que fundaron la bravía colonia Antonio Barona (general Antonio Barona, corregía un amigo). Pasan en blanco.

Pero ¿es eso un error deliberado o una verdad? Hay que volver sobre Cuernavaca y su falta de identidad, donde el orgullo localista de las tertulias zamoranas y los corrillos musicales de Mérida con trova y jaranas yucatecas, simplemente no tienen correspondencia. Para eso hay que ir a Cuautla, a la calurosa Jojutla, donde se da un orgullo local disfrazado de logros, donde apenas va surgiendo una generación que se arranca los cabellos porque sus padres no conservaron el patrimonio cultural de sus poblaciones y junta ruinas para elogiar los pedazos de monumentos que les quedan.

Esto es un islote de gente que escapa de la vida: aquí se esconden los irregulares del sexo; los jóvenes que huyen el deber militar; los espías que han decidido no espiar nada, sino disfrutar simplemente su breve tránsito en la tierra; los cardíacos de la capital que han renunciado a la lucha; los que no quieren saber nada del mundo ni sus turbulencias; los monjes de la voluptuosidad; los últimos individualistas.

Cuernavaca es paisaje, lugar de encanto; el destino previo para seguir adelante, hoy como ayer. En todo caso, el lugar de descanso, de tabachines y palmeras en las avenidas. Ciudad de modernidad encolerizada que vende productos a las clases medias y hace crecer la parte oriente con plazas y centros comerciales. Todo el que llega a Cuernavaca queda condenado al desarraigo, a enamorarse de sus cielos y colores pero no a tenerlos para sí. Al final, propios y extraños hacen de Cuernavaca un objeto que se alaba, se añora y se hace objeto. En Cuernavaca, la gente ganará algo al final de cuentas si realmente quiere ganarlo: descubrir su humanidad, porque la ciudad de la eterna primavera es un escape donde no se echan raíces, solo se proyecta lo que uno es.

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